Desde aquel día aciago, él se había convertido en su propia circunstancia más que en él mismo.
La vida le había pasado por encima. Jamás había sido capaz de elegir.
En el invierno de su existencia, su boca era una línea horizontal que se abría hacia el abismo de su infinita soledad.
Se negaba a hacer planes, a pensar en el verano, en el fin de semana.
Para qué - decía él – no se pueden hacer planes, nunca, mientras apoyaba su barbilla sobre las manos que se sujetaban en la cayada.
