Tomás venía de Alemania cada año por navidad.
Cargado de regalos hacía su entrada triunfal en casa de Pedro, su hermano, que decidió quedarse en casa al cuidado de los padres.
Pedro siempre le tuvo rencor y nunca le perdonó a padre que hubiese decidido repartir las tierras a partes iguales entre ellos. Su carácter se había agriado aun más desde entonces. Nunca pensó ni que lo mereciese ni lo necesitase, ya que él tenía que cuidar de las tierras de su hermano, de todas las maneras.
Todo empezó con los dos olivos que el había traído para plantar.
- He traído un par de olivos para plantar en la linde.
- ¡Pero si aquí no agarran!
- ¿Cuántos has plantado tú para saberlo?
- No me hace falta plantar ninguno. Esto es Castilla. Te digo que aquí no agarran.
Tomás no quería seguir con la conversación.
Se hacía de noche, mientras se dirigía caminando hacia la tierra, donde empezó a cavar.
Cuando notó un ruido extraño paró y abrió el móvil para iluminar el hueco.
Sin embargo, no alcanzó a ver nada porque un golpe seco le hizo caer en aquel mismo agujero que estaba cavando.
Se hacía de noche, mientras se dirigía caminando hacia la tierra, donde empezó a cavar.
Cuando notó un ruido extraño paró y abrió el móvil para iluminar el hueco.
Sin embargo, no alcanzó a ver nada porque un golpe seco le hizo caer en aquel mismo agujero que estaba cavando.
Pedro siguió cavando y depositó el cuerpo de Tomás sobre los huesos que se encontraban ya allí.
Finalmente, sobre la improvisada tumba plantó los dos olivos.
Finalmente, sobre la improvisada tumba plantó los dos olivos.
- Sea como tú quieres Tomás. Siempre hemos hecho lo que tú has querido. Igual de tozudo que padre.

