El compartimiento estaba vacío, así que pude poner todo mi equipaje a lo largo y ancho de éste. Poco después, con el sonido antiguo y calmante del traqueteo del tren, me quedé dormida.
Me desperté sobresaltada, un niña me tocaba el brazo y un hombre, enfrente de mi, me pedía disculpas, su hija se mareaba si iba a contramarcha, quité el abrigo del asiento de al lado y acomodé como pude un enorme bolso encima de mis piernas.
Me era difícil ver su cara, habían apagado la luz. Seguramente, sería bastante tarde, y la poca que entraba por la ventana, no era suficiente.
Mirando en alto las sombras de los bultos, se sorprendió de la cantidad de equipaje que llevaba. Le dije que volvía a casa, después de una insatisfactoria estancia en Madrid. “Siempre seré una chica de pueblo” le dije, “Madrid esta muy lejos del cielo”.
Me comentó que el también había estado en Madrid, hacia algunos años, era el lugar al que se iba a ganar experiencia. La niña se durmió en mi brazo y el me comentó que se había separado hacía algún tiempo. La vida de la gran ciudad había pasado factura y su mujer no había aguantado el estrés. Primero, consiguió trabajo en una pequeña población y luego decidió cortar con todo su pasado. El consiguió la tutela de la niña.
Siguió contándome cosas de su vida, de lo que hacía, de lo que quería. El dolor de la pérdida de un hogar feliz teñía sus palabras. Su voz, expresiva, suplía con creces el hecho de que no pudiera ver su cara, sus gestos.
La conversación terminó y se hizo el silencio, y el sopor me superó.
Me desperté cuando llegaba a mi destino con las tímidas luces del alba del norte. En el asiento de al lado, cuidadosamente doblado, encontré mi abrigo, de nuevo y al mirar alrededor me encontré el mismo compartimiento vacío que había ocupado hacía diez horas.
Una sensación de tranquilidad me invadió: había llegado a casa.