El se acercaba cauteloso a la casa, mientras su madre esperaba con los brazos cruzados delante de la cancela. Ella siguió con la mirada hasta el carvallo a los dos niños que, a risotadas, habían seguido a su hijo.
Le miró las manos completamente moradas por el frío. Ella levantó la mano y él se encogió en su pequeño cuerpecillo esperando el golpe
- ¿Por qué no llevas los guantes en las manos? - le espetó.
- No es ahí donde tengo frío, madre – respondió el hijo con la mirada clavada en el suelo.
Ella bajó la mano y le ayudó a quitarse los guantes de los pies.
- Ve a ayudar a tu hermano con las ovejas – le dijo, y vio como se alejaba a pequeños pasos sobre la nieve.
Suspiró largamente con los guantes destrozados en las manos y dirigió una mirada furibunda al carvallo. Oyó, inmediatamente, como los niños corrían veloces en dirección a sus respectivas casas.
Sentada en la banqueta, dispuesta a ordeñar aquella vaca alemana, que tan mal humor tenia, callada y largamente, lloró.




